Relato en cadena con Marta Rivera de la Cruz

II Concurso de relato en cadena Inicio del Relato en cadena de Marta Rivera de la Cruz: 16 de noviembre de 2011 Finalización del Relato en cadena de Marta Rivera: 21 de diciembre de 2011 1.- Lee el fragmento que Marta Rivera de la Cruz colgará cada miércoles. 2.- Rellena el formulario que aparecerá debajo del relato del autor con tus datos y tu continuación del relato (máximo 1.500 caracteres) 3.- Tienes tiempo hasta el domingo a las 23.59 horas para hacerlo. 4.- El miércoles siguiente verás la elección que ha hecho el autor y su posterior continuación. Si tu relato es el elegido, recibirás en tu casa un lote de 10 libros. Si no lo es, puedes participar las veces que quieras (el relato tendrá 6 continuaciones). 5.- Si has ganado, también puedes seguir participando… ¡por supuesto!

Lee el I relato en cadena con Marta Rivera de la Cruz (2010)

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Volver a Lisboa

La última vez que estuve en Lisboa volví a ver a Fernando Pinto. Me lo encontré por casualidad saliendo de un café de la Rua Garret, y fue él quien me reconoció a mí, porque yo hubiese sido incapaz de identificar a aquel hombre triste y mal vestido con el tipo mundano, elegante y risueño que me habían presentado años atrás, en una fiesta en Estoril. Los encuentros en ciudades extranjeras tienen un peligro, y es que uno no puede limitarse al saludo casual que intercambia  con cuando se encuentra dentro de las propias fronteras. En una ciudad extraña, si te cruzas con alguien a quien conoces muy vagamente te encuentras en la obligación de fingir alegría, de pararte, de estrechar manos y palmear espaldas, a veces mientras la cabeza hace un esfuerzo sobrehumano para recordar el nombre completo de aquel  que te saluda de forma tan cordial y parece tan satisfecho de haberte encontrado por sorpresa en un lugar ajeno, en un espacio impropio. Y eso fue lo que hizo Fernando Pinto cuando me vio: contentarse de una forma exagerada y dar la vuelta sobre sus propios pasos para acompañarme en lo que yo quería que fuese un “galao” solitario en los veladores de mármol de A Brasileira.

Hablamos un rato y recordé porqué aquel hombre me causado en su día una profunda impresión, hasta el punto de recordarlo con nitidez tres o cuatro años después de nuestro primer y único encuentro: era un conversador excelente, que convertía en un placer cualquier charla insustancial, hasta el punto que olvidé mis reticencias y me alegré de verdad de haberme cruzado con él. Pero, a pesar de todo, Fernando Pinto no acababa de ser el hombre que yo había conocido: estaba más viejo, parecía más cansado y su traje no tenía el corte impecable de aquel que llevaba cuando nos saludamos por vez primera. Por dos veces estuve a punto de preguntarle como le iban las cosas, pero me mordí la lengua a tiempo: intuía que era mejor no escarbar en la vida de un hombre que, cada vez estaba más seguro, no era el mismo al que había visto perder sin pestañear siquiera una cantidad indecente de dinero en una mala jugada de ruleta.  Hay cosas de las que es mejor no enterarse, pensé. Y en ese momento, Fernando Pinto me miró fijamente y me dijo algo que no esperaba. – Miguel, me alegro de haberle encontrado… no quiero abusar de su confianza, pero me gustaría pedirle un favor.

Marta Rivera de la Cruz

- ¿Qué clase de favor? -la pausa entre su pregunta y la mía fue breve, pero no pude disimular el escepticismo que me causó su osadía; no nos conocíamos lo suficiente y su actual aspecto no me inspiraba excesiva confianza.

- No se asuste. Pues verá, me gustaría que mañana me acompañase a una cena.

Esperé en silencio a que prosiguiera. Al saber que lo que quería de mí no era dinero me relajé, pero aun así, por su tono de voz, había algo extraño en esa proposición.

- Se trata de una cena con personalidades importantes. Si accede a acompañarme le daré más detalles. Creo que puede causarles una buena impresión, eso es todo.

No había planeado nada para la noche siguiente así que, a pesar de mi inicial reticencia, acepté; en cierto modo, había algo de aventurero en todo aquello que me hacía sentirme diez años más joven.

- ¡Magnífico, Miguel! Será una gran noche. Verá…

Y comenzó a explicarme aquello que yo no me había atrevido a preguntar.

- Hace unos meses perdí casi todo mi dinero, pero la gente con la que nos reuniremos mañana no lo sabe. Hace tiempo les hice una proposición y quieren reunirse conmigo mañana… Lo único que necesito de usted es su presencia, pues creo que puede ayudarme a causar una buena impresión, y… -las mejillas se le enrojecieron y el volumen de su voz disminuyó drásticamente- un traje.

Bajó la mirada hacia su raído atuendo hasta llegar a sus estropeados zapatos.

- Le compensaré, lo prometo – me dijo mirándome a los ojos.

Nerea, Universidad de Barcelona

Relatos participantes (del 16 al 20 de noviembre)

El Fernando Pinto que yo conocí jamás se hubiese comprado un traje en unos grandes almacenes: lo suyo, imagino, era tener un sastre de confianza que le hiciese la ropa a medida o algún establecimiento de lujo especializado en firmas italianas. Pero como era yo quien iba a pagar la cuenta, Pinto ni siquiera mencionó a Zegna o a Brioni, y me llevó a una sucursal de Zara. Allí se probó un traje oscuro y unos zapatos más bien sencillos que, todo hay que decirlo, mejoraron notablemente su aspecto desmadejado. Había que reconocer que era un tipo elegante. Cuando el dependiente preguntó si necesitaba también una camisa y una corbata, él bajó los ojos sin atreverse a responder, y yo sentí una oleada de compasión por aquel hombre que era evidente que lo había perdido todo.
- Claro. ¿Blanca, señor Pinto?
El pareció reponerse de la vergüenza y me miró con una media sonrisa.
- Blanca.

Los anfitriones de Fernando Pinto nos esperaban en un restaurante del Castillo de San Jorge. Se llamaba A casa do Leao, y su exterior ofrecía unas vistas espectaculares sobre la ciudad, pero yo ni siquiera tuve tiempo a darme cuenta: estaba demasiado intrigado, demasiado nervioso, quizá porque de pronto era consciente de haberme embarcado en una especie de aventura de final incierto. ¿Quiénes eran las personas que nos esperaban? ¿Qué podían querer de Fernando Pinto? Y, sobre todo ¿por qué había insistido él en que le acompañase?
Intenté pensar que estaba sacando las cosas de quicio. Que posiblemente aquellos tipos eran personas normales y corrientes de los que Pinto pretendía sacar un puesto de trabajo. Y casi con toda seguridad él no necesitaba un acompañante para la cena, sino alguien dispuesto a pagarle un traje. Si, seguro que era eso. Me tranquilicé. Seguro que cenábamos bien, y hasta era posible que la conversación resultase interesante. La única consecuencia del experimento eran los trescientos cincuenta euros que había pagado en Zara, y realmente podía permitirme el dispendio.
Entramos en un reservado del restaurante. Allí había seis o siete hombres de mediana edad, perfectamente trajeados, bebiendo champan con la displicencia aparente de quien no da importancia a las botellas de Pommeroy. Se volvieron hacia nosotros… O quizá debería decir que se volvieron hacia mí.
- Buenas noches, señores. Quiero que conozcan a Miguel Senabre. Mi socio, mi amigo, y mi mano derecha.

Marta Rivera de la Cruz

Aunque ninguna de las tres formas de referirse a mí era ni ligeramente cierta, hubo algo auténtico en su voz, un deje emotivo que de inmediato convenció a los hombres allí sentados. Nadie percibió mi gesto extrañado ni mi repentina postura de urgencia.
-Bienvenido, Miguel. Tomen asiento, por favor -dijo el hombre que presidía la mesa, señalando con la mano abierta las dos únicas sillas que quedaban vacías.
Mis ojos se cruzaron con los de Fernando. Intenté transmitirle así, a través de la mirada, mi incomodidad con las tres mentiras que acababa de proferir. Él se hizo el loco y yo estaba tan desubicado que no tuve los arrestos de mandar todo aquello a freír espárragos. Nos sentamos.
-Mi nombre es Juan -continuó aquel hombre desde su voz profunda y un poco rota, acorde a la edad que aparentaba, unos 60 años-. No necesita saber mi apellido. De hecho, nosotros tampoco necesitábamos conocer el suyo -continuó, amonestando a Fernando-. Aquí nos conformamos con saber que usted es una persona de confianza. Si Fernando así lo asegura, nosotros le creeremos a ciegas.
Esta vez comencé a abrir la boca para quejarme, pero justo en ese momento la voz de Fernando pisó la mía con determinación mastodóntica.
-Podéis confiar en Miguel -dijo, rubricando la conjetura de Juan, al tiempo que me miraba desde lo que hay entre la desesperación y la súplica.
-¡Perfecto! -exclamó Juan-. No tenemos tiempo que perder. Hay que explicárselo todo.
Y así fue como enmudecí y fui inexorablemente captado.

Ada, Universidad de Málaga

Relatos participantes (del 23 al 27 de noviembre)

- Necesitamos que nos ayude. Es un poco largo de contar, pero tenemos toda la noche. De momento, que nos sirvan la cena. A propósito, Fernando… bonito traje… Mucho mejor que el que trajiste la última vez.
Los otros comensales se echaron a reír. Fernando Pinto me miró esbozando una mueca, y yo sentí una corriente de antipatía hacia aquellos hombres que tan cruelmente se mofaban de su poco ventajosa posición. Si de vez en cuando me asaltaba el deseo de largarme de allí, sabía que no podía dejar a plantado a Pinto.
Dos camareros silenciosos nos sirvieron el primer plato: ostras crudas y langostas a la plancha con salsa americana. Me serví generosamente. Ya que me había metido en un asunto tan raro, al menos podía disfrutar de la cena. No se habló de nada trascendente hasta la llegada del segundo plato – una sabrosa carne asada con guarnición de arroz, patatas y verduras – cuando el hombre que me había saludado se volvió a dirigir a mí.
- Miguel… creo que estará preguntándose qué hace usted aquí.
Me dieron ganas de contestar “de momento, cenar de gorra. Y bastante bien, por cierto”. Pero no lo hice. Sonreí y me encogí de hombros.
- Necesitamos que nos haga un favor. Verá, somos un grupo de hombres de negocios. Tenemos un problema con un socio que nos la ha jugado, y queremos vengarnos de él. Y es aquí donde entra usted.
- ¿Yo? Perdone, no sé…
- Es usted joven, y, si me permite la expresión, bien parecido. Por eso vamos a pediré que seduzca usted a la mujer de nuestro socio.

Marta Rivera de la Cruz

Aquello sí que no me lo esperaba. Mi mente había comenzado a fabricar historias de mafiosos, asuntos de sociedades secretas, incluso había incubado el temor a estar entrando en una suerte de secta. Pero no. Era sólo un asunto de faldas. La verdad es que me sentí aliviado al tiempo que desilusionado: yo ya me hacía moviendo hilos importantes, o destapando la naturaleza sectaria de aquel grupo en uno de mis artículos. De todos modos, si lo pensaba bien, el asunto tenía su miga…
-¿Hasta qué punto querrían que la sedujera? -me atreví a preguntar, aceptando implícitamente el reto, a pesar de usar la voz condicional.
Juan se permitió unos segundos de silencio.
-Hasta el final -sentenció.
Miré a Fernando. Mantenía su expresión suplicante. No podía echarme atrás, y siendo sincero… Tampoco me apetecía hacerlo. De repente me había surgido una intensa curiosidad por saber quién era ella. Pero no dije nada. Dicen que quien calla otorga, y sin duda eso fue lo que pensó Juan, quien sacó de su bolsillo una foto de la mujer y me la acercó para que pudiera verla.
-Tiene suerte. Es una mujer preciosa -opinó.
Al observar la fotografía sentí la pérdida de dos o tres diástoles de mi secuencia cardiaca.

Era ella.

Ada, Universidad de Málaga, Escuela Técnica Superior de Ingeniería Informática

Relatos participantes (del 30 de noviembre al 11 de diciembre)

El mundo está lleno de mujeres. Portugal, Lisboa están llenos de mujeres. De mujeres más o menos hermosas, más o menos apetecibles, más o menos fáciles de conquistar.
De todas aquellas mujeres, Fernando Pinto y sus amigos tenían que escoger precisamente a la esposa de un alto cargo del gobierno. Una mujer de sobra conocida gracias a la prensa del corazón, que había sido modelo y actriz antes que digna esposa de un político, y por la que yo – y supongo que casi todos los hombres de la Vieja Europa – habíamos suspirado tras verla fotografiada junto a su marido en una cena oficial de la última cumbre europea.
Violeta Pires. La Bruni portuguesa.
Y hablaban de que la sedujese, ahí es nada.
- Perdonen… me da la sensación de que todo esto es… – volví a mirar la foto que me enseñaban, no sé si para asegurarme de que la mujer era, en efecto, Violeta Pires o para deleitarme contemplando, siquiera fugazmente, aquella imagen digna de la portada de una revista. – … bueno, miren, creo que me sobrevaloran. No creo que yo… en fin…
- Mire, Miguel… sabemos de buena tinta que Da Silva y su mujer atraviesan una profunda crisis… él ha perdido mucho dinero últimamente, y al parecer tiene una aventura con una mujer poco recomendable. Una esposa despechada es fruta madura, amigo mío.
- Ya… ¿y no creen que en este momento habrá unos trescientos tipos en Portugal pensando lo mismo?
En ese momento intervino Fernando.
- ¡Pero usted es español! Eso le da puntos ¿entiende? Violeta nunca se complicaría la vida con alguien a quien su marido, o alguien de su entorno, pudiese conocer. Por eso necesitamos a alguien como usted.

Marta Rivera de la Cruz

-¡¿Español?!, ¡¿Español?! ¿Y que tienen los españoles que no tengan los portugueses? Porque que yo sepa todos vivimos en la península ibérica.
-Vamos Miguel, por todos es sabido que a las portuguesas le van más los españoles. Les gustamos más y punto. Y aquí es donde usted entra en juego y se la camela.
No podía creerlo, tantos hombres soñaban con ella y me habían escogido a mí, precisamente a mí, para seducirla. ¿Pero por qué yo? Se lo pregunté.
-¿Por qué yo?
Juan respondió de inmediato. –Está claro. Primero porque es español y no es nadie cercano a la pareja y además está soltero.-
Me quedé callado durante unos segundos. Estaba desconcertado, mi cabeza pensaba al mil por hora. –Violeta Pires, un sueño hecho realidad-.
Juan volvió a hablar. –Verá el plan es el siguiente. El próximo viernes hay una gala benéfica a la que asistirá la elite de Portugal. Miembros del gobierno, presidentes de empresas…ya sabe todo ese tipo de gente. Con sus esposas, claro. Y usted también asistirá. –
-Pero, ¿y cómo voy a entrar a esa fiesta, si yo no soy nadie?
-Por eso no se preocupe. Nosotros nos ocupamos de todo. Mire de momento lo único que tiene que hacer es relajarse y dejarse llevar. Además con ella les será fácil.
Todos rieron a carcajadas. Yo cada vez me encontraba más mal. No solo la tenía que seducir, sino que además la tenía que seducir en un sitio público con centenares de personas entre ellos su marido, nada más y nada menos que el presidente del gobierno.

Anna Vicent (UAB)

Relatos participantes (del 14 al 18 de diciembre)

- Oigan, yo… escuchen…

- Vamos, vamos, Miguel… no se me vaya a arrugar ahora. Mírenos … ¿cree usted que algún miembro de esta pandilla de carcamales tendría una sola posibilidad de conseguir a una mujer como esa?

Mi cabeza seguí trabajando, no sé para encontrar una salida o simplemente para dar un sentido a todo aquel disparate.

- Y si quieren fastidiar a su socio… ¿no lo pueden hacer de otra manera? Podrían… no sé, rayarle el coche, quemarle su apartamento en la playa, meterle un gato en el maletín… pero buscarse a un español para que seduzca a su mujer no…

- Usted no conoce a Da Silva. Créame que lo único que de verdad le haría perder el sueño es convertirse en un cornudo. ¿Quemar su casa? ¿Arruinar su coche? No me haga reír, Miguel… tiene una fortuna personal de cuarenta millones de euros.

Alguien había servido más copas. Me bebí la mía de un solo trago.

- ¿Qué… qué tendría que hacer exactamente?

- Poca cosa. Primero, tendremos que arreglar lo de su acceso a la fiesta.

- ¿Cómo que arreglar?

Fernando Pinto cambió una mirada significativa con sus compañeros.

- Es que esa gala… en fin, digamos que tiene una entrada un poco restringida. Que no puede pasar cualquiera, vamos. Pero no se preocupe, que ya lo hemos dispuesto todo. Un camarero amigo le abrirá la puerta de atrás y podrá usted colarse sin problema.

Estaba visto que aquellos hombres me tomaban por un perfecto cretino: no solo me estaban pidiendo que hiciese de algo parecido a un gigoló, sino que ahora encima querían que entrase de matute en una fiesta privada donde habría políticos, hombres de negocios y millonarios con sus correspondientes guardaespaldas.

Aquello estaba pasando de castaño oscuro.

Marta Rivera de la Cruz

Después de terminarnos los postres, el restaurante nos obsequió con unos chupitos que cerraron la cena.
Cuando el camarero trajo la cuenta, no me permitieron poner un euro.

- Ya nos invitarás para presentarnos a tu futura amada… Dijo uno de los comensales, provocando un gran regocijo entre los presentes.

Cuando salimos, me invitaron a montarme en una furgoneta negra.

-Móntese Miguel , le detallaremos el plan.

Una vez sentado en la parte trasera del furgón, con los cristales tintados que permiten ver pero no ser visto, el conductor arrancó y Juan acomodándose en el asiento empezó a explicarme.

-Como te decía, una vez que el camarero te deje pasar, mantente en la zona donde se sirven las copas. Como es de esperar, Violeta en algún momento se acercará para servirse algo, en ese momento te acercarás a ella y usarás tus dotes seductoras para llamar su atención.

-Como si fuera tan fácil. Contesté aprensivo

-Relájate Miguel, tomatelo como si fuera la chica que siempre te gustó de tu barrio…

- !Ya¡ pero es que es !Violeta Pirés ¡ Me excuse.

- !Y tú eres Miguel Senabre ¡ Me contestó Juan, reforzando mi autoestima. Y prosiguió advirtiéndome:

-Cuando tengas a Violeta en el bote, persuadela para que se vaya contigo por la puerta por donde entraste;ya que hay personal de seguridad que podría veros. Ella no será difícil ya que está aburrida de ese mamarracho, solo tendrás que decirle que afuera está esperándola un magnífico descapotable.

Juan me tiró unas llaves…

Iván C., Universidad de Salamanca

Relatos participantes (del 21/12 al 25/12)

- Venga. Aquí tiene la dirección. Recuerde, es la puerta de atrás. Llame tres veces, espere diez minutos y Alves le abrirá.

Me subí en el descapotable y enfilé la dirección que me daban – una casa en el Barrio Alto – y en cuanto noté el aire en la cara se me ocurrió también la idea de escapar. Aquella noche había sido demasiado para cualquiera. Estaba algo achispado – de hecho, era una locura haber aceptado ponerme al volante de un coche – y definitivamente superado por los acontecimientos. Podría haber ignorado las indicaciones, tomar la carretera a Estoril y poner tierra de por medio entre Pinto y sus excéntricos amigos. Pero supongo que quería saber como acababa la historia. Y también, por qué no, probar suerte con Violeta Pires. Posiblemente, aquella sirena ignoraría olímpicamente mis avances. A lo mejor el marido se daba cuenta de la maniobra, y acababa la noche recibiendo una soberana paliza en un callejón. Pero el alcohol, unido a la confianza demostrada por aquella extraña pandilla de lisboetas, me envalentonaba lo suficiente como para respetar el plan trazado para mí.

Llegué al lugar de la cita. Era, como había supuesto, un palacete espectacular. No detuve el coche en la entrada, sino que fui hacia la puerta de atrás, donde supongo que el tal Alves estaría pendiente de la señal convenida: tres golpes en la puerta, diez minutos y adentro.

Pasé aquel espacio de tiempo repasando mi vestuario y preguntándome si iba lo suficientemente bien vestido como para no hacer el ridículo en una fiesta de postín. Suelo cuidar mi atuendo, y aquella noche llevaba un traje oscuro bastante bonito con una corbata italiana, pero tal vez aquella casa estaba llena de tipos de etiqueta y mujeres con vestidos largos, en cuyo caso haría el ridículo. Entre unas cosas y otras se me estaba pasando la borrachera, y con ella las ganas de meterme en la boca del lobo. Todo aquel montaje me parecía más y más absurdo a medida que se evaporaban los efectos del alcohol y el subidón por la fe en mí depositaba.

Lo que iba a hacer era marcharme. Dejaría el descapotable con las llaves puestas, llamaría a Pinto y le diría que…

-Venga por aquí – la puerta se abrió y un tipo enorme me hizo un gesto de apremio – Vamos, hombre, no tengo toda la noche…

Obedecí y entré con él en lo que parecía ser una sala a oscuras. Y tuve un presentimiento.

Sí. Cuando la luz se encendió ante mí no apareció  un ejército de hombres en traje de etiqueta y mujeres de largo. No había fiesta, ni camareros de pajarita, ni música de baile, ni barra libre. Y, por supuesto, no estaba Violeta Pires ni nadie que se le pareciera.

Estaba Fernando Pinto, con sus compinches, doblados de la risa.

-Oh, mi querido amigo – Pinto se secaba los ojos – ha sido memorable. Genial, de verdad. Nadie, nunca, había llegado tan lejos.

Debía tener la expresión de un imbécil, porque mi anfitrión me echó un brazo por encima del hombro, como si quisiese protegerme del oprobio.

-Deje que le explique – dijo, cuando se repuso del ataque de carcajadas – Ha participado usted en un juego. En… en una apuesta…

Volvió a reírse y uno de sus amigos continuó con las explicaciones.

-Eran pasos  ¿entiende? La compra del traje. La cena. La apuesta… hasta que llegó usted, todos iban retirándose… algunos, cuando se les proponía pagar mi vestimenta… otros, al hablar de un favor… el último aguantó hasta que le dijimos que tendría que colarse en la fiesta… pero usted.. usted… oh, querido amigo.

Debería haberme puesto furioso. Debería haberla emprendido a puñetazos con Fernando Pinto. Debería haber dicho a aquellos hombres que eran una pandilla de desconsiderados… pero, en el fondo, había que reconocer que la cosa tenía cierta gracia, y que yo era un completo cretino por haberme dejado envolver en un plan disparatado. Decidí acabar como un caballero.

- Señores… me alegro mucho de que hayan pasado una buena noche. Por mi parte, empiezo a estar un poco cansado, así que voy a retirarme. Señor Pinto, ha sido un placer volver a verle.

Y me di la vuelta. Detrás de mí se hizo el silencio. Salí del garaje y caminé, esperando encontrar cuanto antes un taxi.

-¡Espere! – era Fernando Pinto.

- ¿Qué quiere? ¿No ha tenido bastante?

-Claro… pero no puede irse así.

Se metió la mano en el bolsillo.

-Me ha hecho usted ganar la apuesta. Así que creo que es justo que compartamos el premio.

Me tendió algo que enseguida comprendí que era un cheque. Tuve que hacer un esfuerzo para no gritar cuando vi escrita la cantidad de 15.000 euros.

-Lo justo es justo, Miguel. Que le vaya bien. Ah… y llámame cuando decida volver a Lisboa.

Marta Rivera de la Cruz