Relato en cadena con Lorenzo Silva

III Concurso de relato en cadena

Inicio del Relato en cadena con Lorenzo Silva: 18 de enero de 2012
Finalización del Relato en cadena con Lorenzo Silva: 22 de febrero de 2012

Cómo participar:

1. Lee el relato iniciado por Lorenzo Silva.
2. Escribe una continuación con un máximo de 1.500 caracteres (espacios incluidos). Tienes tiempo entre el miércoles y el domingo a las 23.59 h para colgar tu relato.
3. Entre el lunes y martes siguiente, el autor seleccionará un texto de entre todos los presentados.
4. El miércoles se volverá a colgar un nueva continuación del autor, y podrás hacer de nuevo tus aportaciones. Así durante 6 semanas.

Los autores de los textos seleccionados que aportan continuidad al relato en cadena recibirán un pack de 10 libros Booket – Austral.

Para participar deberás rellenar un formulario que acredita tu condición de universitario y los datos para contactar contigo en caso de que tu texto resulte seleccionado.

Lee las bases del concurso


ONCE HIJOS (REMAKE)

Hacia marzo de 1917, Franz Kafka escribió un extraño relato denominado ‘Once hijos’. Apareció en el libro ‘Un médico rural’, publicado por Kurt Wolff Verlag en 1919. Sobre su interpretación se han hecho las más diversas cábalas. Hay quien dice que es una descripción en clave de los once relatos de que iba a constar inicialmente ese volumen. Otros sostienen que se trata de una especie de desahogo de la angustia que el autor sentía respecto de la paternidad, que a la vez deseaba y temía por cómo podía perjudicar a su escritura. Otros, en fin, que Kafka dio rienda suelta al conflicto con su propio padre, a través del retrato de once caracteres filiales problemáticos que vendrían a ser reflejo de sus escaramuzas con su progenitor. Puede que todas estas interpretaciones sean válidas, o acaso no lo sea ninguna. Sobre la idea del relato de Kafka, lo que aquí proponemos es una especie de ‘remake’. Describiremos once hijos, con arreglo al mismo método narrativo del autor checo. Cada uno podrá reflejar en ellos lo que tenga por oportuno: sobre el mundo, sobre la sociedad, sobre las personas que le rodean o sobre sí mismo. El conjunto, lo que resulte de sumarlos todos, ya lo interpretarán otros.

La técnica del experimento es simple. Un hijo lo cuenta quien esto escribe, el siguiente lo contáis vosotros. Por cierto: en el relato de Kafka todos los hijos son varones. Limitación a la que, desde luego, no tenemos por qué que atenernos.

Comenzamos.

Tengo once hijos.

El primero siempre se las arregló para deslumbrar a todos con su presencia. No en vano es muy alto, tiene los ojos azules y un rostro de facciones armoniosas. Además hay que reconocerle buen gusto en el vestir. En mi opinión, ese buen gusto es lo menos que puede exigírsele, después de la atención desmedida que presta a su guardarropa y del tiempo, a todas luces excesivo, que invierte en decidir cómo combinará las prendas, tanto si se trata de una indumentaria informal como del traje más sobrio. Por su buena planta, y por su maña para agradar desde el primer momento, este hijo mío supo abrirse multitud de puertas. No dejo de pensar que fue así como conquistó a la que hoy es su mujer, y madre de unos hijos que aun siendo todavía pequeñitos ya siguen la estela del padre (en todos los sentidos, me temo). Gracias a ello, también, pudo adentrarse sin despertar demasiadas desconfianzas en círculos de gente calculadora y no demasiado hospitalaria, que le dejaron pasar y hacer porque un hombre guapo y coqueto tiende a parecer poco inteligente, o lo que es lo mismo, poco peligroso. Pero ya lo advierte la vieja sabiduría: nunca debe subestimarse a nadie. Cuando quisieron darse cuenta, se les había colado hasta la cocina y estaban trabajando en su beneficio. Otra cosa que tiene este hijo mío, y que me desagrada profundamente, es su propensión a la codicia. Cuando tiene a su alcance algo que desea y le satisface, carece por completo del sentido de la proporción. Algunos, ahora, atribuyen a ese rasgo de carácter el hecho de que haya acabado cayendo en desgracia. Pero yo sé que la verdadera razón de su infortunio es otra. En realidad, mi hijo es lo que parece: un mentecato. Y ahora que el viento no le sopla las velas, se ha quedado en mitad del mar pidiendo auxilio. Qué remedio, me tocará proporcionárselo.

El segundo es…

Lorenzo Silva

El segundo es… él mismo. Es la muestra del hijo fiel que todos anhelamos desde un alumbramiento. La primera vez que lo vi creo que lo supe. Esa carita blanca y luminosa no podía ser de un pequeño diablillo. Hoy día, con ese porte desenfadado podría engañar a cualquiera. Pero no a mí. Se hace el interesante, el duro y arrogante caballero, cuando os aseguro que es tan modesto que a veces siento miedo por él. Realmente es uno de esos seres luchadores que no se da fácilmente por vencido pero, a solas, más de una lágrima ha derramado cuando la suerte no se ha puesto de su parte. Ay, este hijo mío. Un modelo a seguir para sus hermanos, sin ser conocedor de ello. Con esa mente arrolladora que te hace sentir un estúpido a su lado, que rompe todos tus esquemas, con esos ojos tan puros que todo lo ven y, sobre todo, con esas manos tan delicadas se ha podido abrir paso a un futuro que hasta aquel que todo lo tenga podría envidiar. Pero ahí esta él, ajeno a toda esa capacidad suya que le hace único. Ajeno al poder que ejerce con todo aquello que impregna en el papel. Ajeno a todo lo bueno que le espera. Ajeno al orgullo que me causa.

Nazaret Valido Artiles, ULPGC

Relatos participantes (del 18/1 al 22/1)

La tercera, y primera de las chicas, es desde que nació el puerto seguro al que como padre puedo amarrar la barca de mis preocupaciones. Desde pequeña durmió toda la noche, nunca puso pegas para comer, jamás rompió un juguete, un plato, nada. Siempre fue ordenada, pulcra, responsable. Con seis años ya lo era, y ahora, unos cuantos años después, lo sigue siendo para todo lo que le incumbe: su profesión, su casa, sus hijos, incluso su padre que se va haciendo mayor, y al que de vez en cuando, lo noto, le mide la agilidad de los movimientos o la coherencia del discurso, al acecho de algún desfallecimiento que sea necesario cubrir o paliar. Lo anterior no quiere decir que nunca me haya dado disgustos o jamás me haya hecho sufrir. Nuestras virtudes son muchas veces nuestras taras (lo que tampoco es grave, lo grave es querer hacer de nuestras taras nuestras virtudes), y este exceso de responsabilidad que desde la más tierna infancia ha mostrado mi hija la hizo a veces irritable, insegura, obsesiva, arrogante e intolerante hacia sus hermanos más negligentes. He invertido buena parte de mis energías en tratar de corregirle esta deriva indeseada de su carácter, y creo que lo he conseguido, pero sólo en parte. Sé que la tarea, si algún día eso sucede, no la culminaré yo, sino otro. Quizá su hijo mayor, que a veces se le planta y le dice: “Nadie lo sabe todo siempre, mamá”.

Lorenzo Silva

La cuarta, y mi segunda hija, vino a mi vida como la prueba viviente de que la sensibilidad a la belleza se encuentra en las cosas más pequeñas. Antes de siquiera haber comenzado a gatear ya se quedaba absorta, obnubilada, observando los colores del cielo cuando la sacábamos a algún espacio abierto. Como si en su atención constante a lo que le rodeaba fuese recopilando las partes más hermosas de cada una de las cosas del mundo, a los pocos años ya nos impresionaba con la exactitud y el detallismo de sus infantiles dibujos, reflejo casi perfecto de la realidad en una mente inocente y feliz. Aquel don que la naturaleza le había dado la hacía capaz de convertir los lienzos que llenaba ya a los catorce años con desbordante pasión en un espejo fiel del universo, retratando con absoluta perfección la calma de un paisaje de verano, la soledad en las arrugas de un anciano o los productos de una mente maravillosa que fantaseaba con mundos de brillos y oscuridad, criaturas y plantas, amor y odio… Desgraciadamente, una niña que se hace adulta, la alienación de la sociedad y varias decepciones consiguieron que mi pequeña artista olvidara su asombrosa capacidad. Y hoy, con un trabajo que nada tiene que ver con la pintura y una feliz familia con la que envejecer, su don queda totalmente relegado a garabatos, con demasiada belleza para llamarse así, que improvisa en pequeños trozos de papel cuando habla por teléfono. Una magia olvidada y perdida entre el humo de los coches y las ciudades.

Francisco J. Romero G., Universidad de Málaga

Relatos participantes (del 25 al 29 de enero de 2012)

El quinto… Dicen que no hay quinto malo y soy un convencido de la verdad que encierran los refranes, aunque sólo sea porque millones de personas persuadidas de su fundamento conspiran continuamente para que acaben teniéndolo. Digamos que cuando lo cogí en brazos y me di cuenta de que de mí dependía una familia numerosa, en tiempos de procreación minimalista (al menos en la sociedad a la que pertenecemos mis hijos y yo), comprendí que iba a necesitar que entre sus miembros hubiera personas de fuste, a las que pudiera recurrir en momentos de urgencia y/o angustia. O quizá esto es una interpretación que invento a posteriori (la memoria tiene estas trapisondas), y el hecho cierto es que mi quinto hijo fue quien me inspiró, con su carácter templado y contenido desde la infancia, la idea de que él sería una de las piedras angulares sobre las que edificaría mi familia. El caso es que nunca me he arrepentido de distinguirlo con esa confianza. Nadie como él me ha ayudado, desde acomodar el equipaje en el maletero del coche (los coches, a partir de él) hasta la gestión del negocio familiar. Eso sí, como ocurre con toda persona que mide sus pasos y palabras, nada resulta más temible que tenerlo enfrente en las escasas ocasiones en que pierde los estribos. Lo confieso: en ese estado, es el único de mis hijos que me da miedo.

Lorenzo Silva

El sexto de mis hijos fue un regalo del cielo. Su aspecto era frágil. Su tez blanca como la nieve y unos ojos azules que se clavaban en el alma. Cuando era un niño no jugaba con sus hermanos,nunca participaba de las actividades familiares, siempre parecía tan distante. Yo lo veía como esa persona anciana que sabe tanto de la vida que se aparta del resto del mundo para preparar su partida en silencio,ese silencio propio de los sabios. Era muy especial. Nunca entendí porque los profesores y los médicos,como quien da un pésame,nos decían que lo sentían ,que nuestro hijo era diferente y que nunca cambiaría. ¿Por qué cambiar a la persona más sensible del mundo?. Nunca entendí lo que sentían, supongo que fuera envidia.A ellos Dios no los bendijo con la criatura más bella de este planeta.

Vicky, UNED

Relatos participantes (del 1 al 5 de febrero)

Como muchos otros, siempre creí que el siete era el número de la perfección, hasta que vino mi séptimo hijo a desmentirlo. No quiere esto decir que sea peor que los otros, y en más de un sentido, de hecho, he de reconocerlo superior a la mayoría de sus hermanos. Posee determinación, sabe leer la realidad y adaptarse a ella. Es trabajador, observador, atento y, por encima de todo, nunca da una batalla por perdida. Nada de lo que tiene puede decirse que se lo haya quitado a otro, nunca fue un jugador de ventaja sino un precursor y un pionero, y a la vez un fajador nato. Tiene la intuición para ver los caminos que otros no ven y la tenacidad para seguirlos hasta llegar a término. Con este resumen, queda claro que mi séptimo hijo es una persona dotada para alcanzar el éxito: eso anunciaba desde que empezó a dar muestras de su personalidad y eso confirma su biografía. Es, de mis hijos, el más reconocido por la sociedad, y también el que ha alcanzado, por sí mismo, una mayor y más rápida fortuna económica. Pero cuando lo miro, me doy cuenta de que en algún punto de su esforzado camino extravió el alma. Y eso, lo sé por experiencia, es algo que cuesta recuperar.

Lorenzo Silva

Debí detenerme con la octava. Una mañana de agosto me levanté y ya no estaba. Vuelve algunas navidades, por sorpresa, sola o con algún pobre imbécil. Me abraza como si apenas hubiera salido para comprar tabaco, ríe a carcajadas, recorre la casa como si nunca la hubiera abandonado, me clava los ojos, me da miedo. No sé a qué se dedica; siempre inventa algo para que deje de preguntar. Oí de un amigo lejano que la había visto dirigir con mano de hierro un negocio oscuro, de faldas, a las afueras de la ciudad. El otro día apareció por aquí con uno de sus coches, con otro de sus vestidos, con algún tipo al que no puedo recordar, la felicidad sujeta como con dos chinchetas en la cara. Sigue teniendo la misma energía con la que a los quince años le partió la cara al hijo baboso y guapo del vecino. A veces me pregunto qué habría sido de ella si el mundo la hubiera aceptado tal cual, si yo mismo la hubiera aceptado tal cual.

Rosendo, Universidad de Valladolid

Relatos participantes (del 8 al 12 de febrero)

El noveno, alguno había de ser así, resultó ser el indefenso. A menudo me he preguntado por qué, al contrario que todos sus hermanos, éste no acertó a desarrollar las armas para valerse por sí mismo en la vida. No diré que los demás sepan siempre desenvolverse bien: errores han cometido y alguno tan grave que ha requerido mi intervención para sacarlos del aprieto. Pero mejor o peor se gobiernan, y siguen su camino. Al noveno, desde que le vi esa mirada de animalito asustado, supe que tendría que cobijarlo bajo mi ala por el resto de sus días. O mejor dicho, de los míos. Ahora que camino hacia el final, mi final, me pregunto a menudo qué será de él cuando yo falte. Me acuerdo de esa película de Peter Sellers, de un hombre ya viejo e incapaz que se queda solo en la vida y acaba, desde su simpleza, convirtiéndose en el oráculo de la nación. Pero mi hijo no es viejo, y sinceramente no lo veo iluminando a nadie con sus sentencias, simples o complejas. A veces pienso que, cuando yo muera, simplemente será por sí mismo. Pasa las horas en el ordenador, tecleando sin descanso. Quizá cuando yo ya no pueda leerlo decida enseñarle el fruto de su trabajo al mundo. Y quizá el mundo descubra lo que yo no supe ver: que era el más grande de los once.

Lorenzo Silva

Mi décima hija ha sido siempre toda una maestra con los refranes. Su vida se regía por esos proverbios, muchos de ellos de origen desconocido y que leía en las revistas que su madre compraba los domingos. La recuerdo con su subrayador sentada en la taza del váter durante horas mirando las revistas. Un buen día escogió a dos de sus compañeros de clase: uno era un poco cojo y el otro era famoso por las mentiras que contaba al profesor. Les ordenó a los dos que echaran a correr tan rápido como les fuera posible, y fue tras de ellos. Al llegar a casa me dijo: “Papá, ¡sí que es verdad que se coge más rápido a un mentiroso que a un cojo!”. Una noche, en la que no lograba concebir el sueño, escuché sus casi inaudibles pasos sobre el parqué y fui tras ella. Al verla sentada en el sillón del salón, le pregunté qué hacía levantada tan tarde y ella respondió : “Dicen que a quien madruga Dios le ayuda”. Otro día nos apagó la luz mientras estábamos comiendo y su madre, resignada, le preguntó: “¿Y ahora de qué refrán se trata?” y nos contestó: “En Escocia dicen que la sonrisa cuesta menos que la electricidad y da más luz. ¿No se ve mi sonrisa?”. Pero el refrán que más recuerdo y que cambió nuestras vidas fue el que nos dijo un día, cuando la vimos con el pelo todo alborotado y tumbada en el jardín: “Papá… Tenemos olvidado el corazón… En China se preguntan que si todos los días nos cuidamos el cabello, ¿por qué no también el corazón?”. Y fue así como esa pequeña nos cambió a todos.

Cristina Vlo, ULPGC

Relatos participantes (del 15 al 19 de febrero)

Mi undécimo hijo, y me temo que el último, no es todavía un hombre. Aún mira las cosas con esa luz extraña de quien no termina de comprenderlas, como nos pasa a todos, pero él, además, sigue siendo consciente de que no las comprende y no aspira a sustituir esa valiosa conciencia por un barato simulacro de comprensión. Tiene una curiosidad infinita por todo y por todos, empezando por sus diez hermanos mayores, a quienes a veces mira con una atención que es, para algunos de ellos, los más firmes y resueltos, la única forma de hacerles dudar. Tengo la sospecha de que es el que más sabe de todos, porque es el que menos cosas ha desaprendido. Ser el último de tantos le ha hecho además sereno, paciente y humilde. No puede competir en logros con ninguno, todavía, y tampoco lo intenta. Observa, escucha, y la mayor parte del tiempo calla. Supongo que es en su silencio donde me gustaría refugiarme, cuando todo se acabe. Y en su memoria, más limpia que la de los otros, donde ensayaré, si se me permite elegir, mi improbable inmortalidad.

Y estos son, en resumen, mis once hijos.

Lorenzo Silva