Relato en cadena con José Ángel Mañas
II Concurso de relato en cadena
Inicio del Relato en cadena con José Ángel Mañas: 19 de octubre de 2011
Finalización del Relato en cadena con José Ángel Mañas: 23 de noviembre de 2011
Participar es muy sencillo, simplemente tienes que seguir estos pasos…
1.- Lee el fragmento que José Ángel Mañas colgará cada miércoles.
2.- Rellena el formulario que aparecerá debajo del relato del autor con tus datos y tu continuación del relato (máximo 1.500 caracteres)
3.- Tienes tiempo hasta el domingo a las 23.59 horas para hacerlo.
4.- El miércoles siguiente verás la elección que ha hecho el autor y su posterior continuación. Si tu relato es el elegido, recibirás en tu casa un lote de 10 libros. Si no lo es, puedes participar las veces que quieras (el relato tendrá 6 continuaciones).
5.- Si has ganado, también puedes seguir participando… ¡por supuesto!
Lee el I relato en cadena de José Ángel Mañas (2010)
Unos consejos preliminares:
1) Procura hacer avanzar la historia. Tanto la acción como la información. En el segundo fragmento, por ejemplo, podemos profundizar en los personajes de Valdés y la chica a la que debe asesinar. ¿Para quién trabaja Valdés ahora mismo? ¿Quién es la cantante? ¿Por qué quiere el jefe de Manolón matarla?
2) Guíate por el título.
3) Sé sintético. En tan pocas líneas no hay tiempo que perder.
4) El relato es un homenaje al universo de Sabina. Cualquier guiño o referencia a sus canciones será bienvenido.
¡Ánimo! Y gracias por colaborar.
UNA CANCIÓN DE SABINA
1. En el Casino de Torrelodones
- ¡Coño, Valdés! Eres la última persona con la que pensaba encontrarme en el Casino de Torrelodones. Pero, fíjate, estaba justamente buscando a alguien como tú. ¡Cuánto tiempo! ¿Qué es de tu vida? ¿Sigues siendo huelebraguetas?
- Qué remedio -murmuré.
- Espero que al menos trabajes con licencia, ja ja –dijo el gordinflón, que se había parado a mis espaldas mientras me daban cartas.
El crupier era un jovencito con la leche todavía en los labios. Sus veintipocos añitos me estaban haciendo sentir viejo. Pero apenas se equivocaba. Tenía unas manos esbeltas que iban volando sobre el tapete, dejando el naipe correspondiente delante de cada jugador. En mi mesa éramos cinco chinos y yo.
- Diez, doce, trece, ocho, catorce, dieciséis. ¿Más?
Los chinos colocaron sus fichas. Hubo nuevas cartas. <<Veinte, diecisiete, dieciocho, quince>>. Pedí otra y tocó un tres. Me planté, como todos. Un diecinueve. No era mala baza. Pero la banca, esa noche, tenía su noche y salieron dos figuras, una tras otra.
- Veinte –dijo, y empezó a recoger todas las fichas entre las exclamaciones de disgusto de mis compañeros de mesa.
- Malditos chinos –mascullé -. Y mira que me vine aquí y no al Casino de Aranjuez porque me dijeron que aquel está copado por amarillos y que aquí no los dejaban entrar…
- Los tiempos están cambiando –se rio el gordinflas. Estábamos a principios de octubre y no había empezado la temporada de chaqueta. Tanto él como yo andábamos en mangas de camisa. Él sudaba y sentí su aliento cargado, cuando me susurró al oído -: Estás pelado. Te hace falta esto -posó cincuenta fichas en el tapete -. Y te dejo setecientos pavos más si me aceptas un trabajito especial que necesito que me hagan. Se trata de una chica. ¿Qué dices?
- ¿Qué quieres que diga? -vi que sus dedazos sujetaban un fajo de billetes.
- ¿Estás viviendo en Madrid?
- Estoy de paso. Le cubro las espaldas a un pez gordo. Libro de noche. Me alojo con mis compañeros en Colón y hay un autobús gratuito que lleva hasta aquí…
- Y tú nunca has sabido resistir a las tentaciones –concluyó el gordinflón, dejando un par de bonitos billetes junto a mis fichas -. Si me dices cuál es el hotel, mañana paso con la foto y las señas de la chica. Es una cantante. Está ahora mismo en el sur de Francia. Tendrías un mes para terminar con el asunto… Del todo.
- ¿Cuánto?
- Oh, mi nuevo jefe es generoso…, y más si le comento que nos conocimos en la Modelo. Si cumples, te dará diez de los grandes. Mañana te puedo anticipar algo más. ¿Te parece?
- Pásate a partir las cuatro. Diré que eres un viejo amigo. Pero recuérdame cómo te llamas… Soy muy malo para los nombres.
- Aquí todos me conocen por Manolón, ¿te vale?
- Me vale –dije. Y le entregué al crupier los nuevos billetes para que me los cambiara.
José Ángel Mañas
2. Dejo mi curro y viajo a Toulouse
Me despertó un timbrazo que me hizo maldecir el garrafón del casino: “Sr. Valdés, su amigo le espera en recepción”.
Allí estaba Manolón, con la misma camisa sudada, sobándose con un pañuelo roñoso que le trazaba en la cara un mapa de churretes.
-¿Qué pasa Valdés? ¡Apuesto a que vuelves a estar pelado! -y ante mi elocuente silencio añadió- Venga, te invito a comer.
El bar igualaba el nivel de higiene de mi acompañante pero al menos estábamos solos. Manolón pidió dos paellas y dos tintos sin preguntarme qué quería y me alargó la foto de la chica. Su aspecto lo decía todo: frente muy alta y falda muy corta; una de esas capaces de todo con tal de ser una barbi superestar. En el revés, las señas: “Silbia Garsía” y una dirección en Toulouse que debía de lucir en francés la misma pericia ortográfica.
- ¿Se puede saber qué ha hecho? -el primer tiento al arroz confirmaba su mal aspecto pero la resaca y el hambre espantaban mis remilgos.
- Era la novia del jefe -se pasó el pañuelo por la boca mezclando sudor, mugre y babas-. El jefe la hizo cantante y ella se ha largado con el batería.
- ¡Coño! ¿Diez de los grandes por unos cuernos?
-¿Qué quieres? ¡Ya sabes lo que pasa a los cuarenta y diez! -me dijo salpicándose la pechera de perdigones amarillos.
Y vaya si lo sabía: que estos trabajos empiezan a asquear. Pero necesitaba la pasta, así que finiquité la paella entre anécdotas de La Modelo que no podía recordar, cogí la foto y el adelanto, y me largué cavilando cómo darle boleto al pez gordo.
Puntos_suspensivos, Universidad de Sevilla
Relatos participantes (del 19 al 23 de octubre)
3. Ella cantaba regular…
La niña no era fea. Una cintita le ceñía la frente por debajo de la melena suelta. Llevaba el pelo teñido de rubio, pero se le veían las raíces morenas. A nivel de vestuario se parecía a Madonna en su mejor época: vaqueros rotos, un body que le dejaba el ombligo al aire, guantes de cuero negro con los dedos cortados.
Cantaba en un inglés pasable y se movía de un lado al otro, inclinada hacia el público. Sujetaba el micrófono con una mano y se apartaba la melena con la otra. La acompañaba el antiguo batería, que ahora manejaba una caja de ritmos: a él nadie lo miraba.
El antro estaba en uno de los bulevares de <<la ciudad rosa>>, como la llamaban en Francia. Me enteré por el taxista que me había traído desde el hotel. Hablaba español y le dejé una buena propina. Yo ya me había tomado una copa en el bar y andaba por mi tercer güisqui con hielo mientras ella continuaba con su repertorio de versiones. Había pocas originales. El público era más o menos de mi edad. Algún viejo verde. Pocos jóvenes.
- ¿Queda todavía mucho? –le pregunté al camarero.
En ese instante ella me miró y reprimí un bostezo. Sabía lo que venía a hacer. No era bueno fijarse demasiado. Pero de repente aquellos ojos verdes se clavaron en un servidor y sentí que una mariposa se me movía en el estómago. A partir de ese momento tuve la impresión de que cantaba para mí. El hechizo duró más de lo previsto.
- ¿Por qué me mirabas así? –le pregunté, cuando terminó el espectáculo y se bajó a tomar algo con el famoso batería. Había aprovechado que se quedaba sola un momento.
Ella manoseó su cigarrillo apagado. Le dio un trago a su cerveza.
-Porque no me estabas escuchando. No me gusta que el público me ignore. ¿Me acompañas fuera a fumar un cigarrillo?
Yo no podía creer mi suerte: me lo estaba poniendo en bandeja.
4. Echamos un polvo y no consigo matarla
Fuera hacía frío. Ella exhalaba el humo de un cigarrillo, yo el vaho de mi propio aliento. Irónicamente fumaba Fortuna.
- Por cierto, soy Silvia.
- Y yo Víctor. Pero todo el mundo me conoce como Valdés.
- ¿Víctor Valdés? – la chica me miraba con una sonrisa escéptica – ¿Cómo el portero?
- No. Sólo me llaman así porque dicen que me parezco a él – me pasé una mano por la cabeza afeitada – Aunque no he parado un balón en mi vida.
Entonces tiró la colilla al suelo y se me acercó expulsando lentamente la última calada.
- ¿Y qué te parece si subimos ahí arriba y comprobamos qué tal se te da meterlos?
Entramos en la habitación besándonos apasionadamente. La senté en el borde de la cama, le arranqué los vaqueros y cogiéndola del cuello empecé a penetrarla. Primero suavemente, luego con fuerza.
“¿Pero se puede saber que coño te pasa, Víctor? ¿No tenías suficiente con decirle tu nombre que encima tienes que follártela? Acaba el trabajo y desaparece. Ya.”
Entonces empecé a apretar lentamente. La chica al principio seguía gimiendo, pero a medida que mis manos se iban cerrando en torno a su garganta con más fuerza la sonrisa de su cara dio paso a la sorpresa y después al miedo.
Y entonces, de la misma manera que había empezado, la solté.
- Vete de aquí – le dije – Coge todo lo que necesites y márchate. Olvida este lugar, olvida a tu amigo de ahí abajo y, lo más importante, olvídate de mí.
- Pero… – Silvia todavía respiraba con dificultad.
- Hazlo. Antes de que cambie de opinión.
AmableGE, Universidad Politécnica de Valencia
Relatos participantes (del 26 al 30 de octubre)
5. La sigo hasta Marsella
Algo después ya estaba de vuelta en mi hotel y me acosté. Por la mañana todo habría parecido un sueño, de no ser por el perfume que aún flotaba en mi memoria y por el olor que todavía llevaba pegado a los dedos y que aspiré con delectación.
- Víctor, la estás cagando –me dije a mí mismo, viendo las palpitaciones que me entraban -. No es el momento de enamorarte. No es el momento…
Me puse en pie. Me metí en el baño. Me duché y en cinco minutos estuve listo. Me puse la muda correspondiente. Hice mis bártulos. Mientras salía de allí, con mi pequeña maleta con ruedas, sonó el móvil: era el número de Manolón. Apagué el aparato y bajé a la planta baja. Sabía, por la guía del ocio local, que el siguiente concierto que daba sería en Marsella.
- ¿Hay algún Fórmula 1 en Marsella? –le pregunté a la recepcionista.
- Bien sûr.
Unos minutos más tarde alquilaba un coche en una sucursal de Avis. Un Ford Orión que me sirvió para viajar a Marsella. Esa noche volví a verla en su espectáculo. Estaba cerca del puerto y el que manejaba la caja de ritmos era otro. Al principio pareció sorprendida, aunque no tardamos en devorarnos, entre botella y botella de Oporto, en un bistró cercano. La noche acabó de nuevo entre las sábanas de su habitación, y ya no pude contenerme. Se lo conté todo y ella me escuchó sin soltar palabra.
- ¿No estás molesta?, ¿no me lo echas en cara?
- ¿Por qué? Yo sabía quién es mi ex cuando me lié con él –dijo -. Nunca debí hacerlo.
- ¿No tienes miedo?
- Claro. Pero ¿qué le puedo hacer?
- Puedes desaparecer. Suspende la gira y vente conmigo. Yo te esconderé. No nos encontrará nadie.
6. Me intentan asesinar en el puerto y salvo el pellejo de milagro
Rompí una de mis reglas de oro: “Pensar despacio para andar deprisa”. Pero
ya le había propuesto una salida a esa mujer que ahora me miraba con ojos de
muñeca rota. Y en un santiamén caminábamos entre mercancías que grandes
grúas iban cargando en barcos roñosos. Y detrás de un contenedor, como si de
repente estuviésemos con Brando en La ley del silencio, aparecieron una
docena de estibadores con cuchillos y grandes palos.
– ¿Dónde van los tortolitos? –preguntó con sorna el cabecilla del grupo.
De reojo vi un tráiler con matrícula danesa y la puerta abierta.
–¡Corre! –grité mientras indicaba el camino a la mujer que me había hecho
perder la razón.
Mientras pisaba el acelerador del vehículo articulado, y sin tener tiempo de
cerrar la puerta, cuatro hombretones se habían enganchado a ella e
intentaban lanzarme por los aires. Patadas, portazos y puñetazos hasta que
conseguí desprenderme de ellos, pero no controlar la dirección del camión,
que acabó chocando contra un muro y volcó. Salimos escalando la chapa
doblegada, la cogí de la mano y volvimos a correr.
– ¡Déjalo y escapa tú! –soltó ella entre jadeos.
– Ahora es demasiado tarde, princesa.
El cursillo acelerado de callejeo adolescente me sirvió para hacer el puente
a un Opel Corsa y huir. Diez horas conduciendo por carreteras desconocidas
nos llevaron hasta un pueblecito. No sabía dónde estábamos, pero lo que
tenía claro es que para no ser un cadáver, aparte de tener gramática parda,
hay que saber que las faldas son una lotería.
Sonia, Universidad de Barcelona
Relatos participantes (del 2 al 6 de noviembre)
7. El mejor escondite del mundo
- ¡No puedes saber cómo me alegró ayer que me llamaras y el que me dijeras que llegabas, Víctor! ¿Cuánto hacía que no pasabas, tres meses, cuatro? No te lo tomes así, que soy tu viejo. No te lo digo con ninguna intención. Ni siquiera cuando te has metido en líos. Dígaselo usted, señorita, que a mí no me hace caso, qué hijo tan esquinado. ¡Pero qué alegría! Pasad. Esto ya veis lo que es. No tiene nada que ver con el piso de Hospitalet, ¿verdad, hijo? Alcorcón es otra cosa. Pero desde que mi mujer murió, hace un año, ya ve usted… Mi pobre esposa era de allá, y muy periquita, como Víctor, pero recién jubilado no tenía sentido quedarse. Me venía bien cambiar de aires, y aprovechando que fallecía un tío mío y quedó vacante este piso, a un precio módico, pues… He traído algunas cosas, no todo. Las fotos de madre, Víctor. Tus muebles. Pero he aligerado lo que he podido… No se puede vivir de recuerdos… Y te tengo una habitación siempre lista… Bueno, como me comentaste que venías acompañado, he instalado una segunda cama… El colchón es nuevo… Es allí, al fondo, a la derecha… ¿Qué os parece? Esta fachada da a la avenida de Costapolvaranca. Hay algo de ruido, sobre todo los fines de semana, no estamos lejos del polígono. Pero he puesto doble ventana… Abrid, que corra el aire. Ya va refrescando el otoño. Y eso que hace unos días estábamos todavía en verano. Ya me diréis qué queréis para cenar… Un momento, que llaman a la puerta. Que sí, hombre, cómo no voy a abrir…
8. Manolón lo intenta por las buenas
Su “esbelta” (por no decir otra cosa) figura apenas podía entrar por la puerta. Una sonrisa sardónica adornaba de forma inquietante su tez demacrada.
-Hola, queridos amigos -exclamó en un tono completamente neutro.
Manolón no pudo evitar darle un repaso de pies a cabeza a Silvia de forma lasciva, sin contenerse un pelo.
-¿Así que está es la furcia, no?
Mi padre ni siquiera se inmutó (ya estaba demasiado viejo para estos trotes) pero fui incapaz de contener mi rabia e intenté propinarle un gancho de izquierdas con toda la fuerza que mi alcoholizado cuerpo me permitió. Demasiado tarde: me frené en seco al ver que el seboso subía su grasienta camisa dejando entrever un revolver de esos que te sustituyen la barriga por un enorme boquete.
-¡Amigo Valdés… Primero te quedas con mis 700 pavos, luego te quedas con la chica, no me coges el teléfono y, por si todo ello no fuese suficiente, ahora me intentas noquear. Voy a empezar a pensar que quieres romper una bonita relación de amistad… -replicó sarcásticamente mientras sacaba el arma y la amartillaba.
-Oye haz lo que quieras conmigo pero mi padre y ella no han de sufrir por culpa de mis decisiones.
-Es verdad, tu padre no ha de sufrir pero creo que “ella” es la causa de tus decisiones. Verás, esto será lo que haremos:
DavidGC, Universidad de Barcelona
Relatos participantes (del 9 al 13 de noviembre)
9. Flashforward
JUEZ MIRANDA. Espere un momento, señor Valdés. ¿Me está usted diciendo que ese tal “Manolón”, aquel conocido suyo de la Modelo que había vuelto a contactar con usted en el Casino de Torrelodones, la misma persona que le encargó matar a la señorita Silvia y que presumiblemente contrató a los matones para liquidarlos a ustedes dos en el puerto de Marsella, se presentó tranquilamente en el domicilio de su señor padre, en Alcorcón, en pleno día y llamando al timbre, para proponerle un nuevo trato.
VALDÉS. Así es, señoría.
JUEZ MIRANDA. ¿Qué tipo de trato le estaba proponiendo?
VALDÉS. Eso mismo le estaba contando. Si me permite continuar con mi relato…
JUEZ MIRANDA. Prosiga, prosiga.
10. Matamos a Manolón
-Lo que vamos a hacer es que yo me voy a llevar a la chica y tú te vas a estar quietecito y callado.
El sudor que le rodaba por la cara y le hacía guiñar los ojos no le daba el aire torpe de otras veces gracias al revólver que interponía ahora entre él y nosotros: apuntando hacia nosotros.
-Te quedarás aquí bien escondido el próximo mes y después te voy a hacer otro encarguito para que te ganes los 700 que nos debes. Te conviene tener al jefe contento, te lo aseguro.
Yo hacía rato que no conseguía escuchar lo que decía Manolón y me concentraba en no mover los ojos para no delatar el trajín de mi padre a su espalda. El aparentemente inofensivo viejo había conseguido conectar un par de neuronas y comprender que estábamos en peligro. Levantaba un cenicero sobre la cabeza de Manolón cuando el ángel de la guarda del gordo debió de soplarle algo: Manolón se dio la vuelta con una velocidad inexplicable.
El resto se me desdibuja en la memoria. La chica había gritado, mi padre había caído llevándose por delante una mesa y yo, me veía a mí mismo montado sobre un Manolón que despatarrado en el suelo bufaba e intentaba zafarse mientras golpeaba una y otra vez su brazo contra el suelo intentando que soltara la pistola. Cuando lo conseguí, su mano quedó libre y me arreó un gancho que me lanzó contra el sofá.
Escuché el disparo como si hubiera sonado muy lejos y antes de caer k.o., entreví a Silvia recortada contra la luz de la ventana, empuñando el arma como uno de los ángeles de Charlie.
Rosa, Universidad de Sevilla
Relatos participantes (del 16 al 20 de noviembre)
11. Me deshago del cadáver de Manolón
Entre mi padre y yo nos deshicimos de Manolón. Lo envolvimos en unas sábanas y nos lo bajamos a rastras hasta el garaje. Lo cargamos en el coche y nos subimos a la sierra de Guadarrama. Allí rociamos el cadáver con gasolina. Una pequeña fogatilla y estuvo hecho.
Al día siguiente recibí un mensaje en el móvil.
‘- No sabes quién soy, pero sabes para quién trabajo, que es lo que importa. Te tenemos filmado quemando el cuerpo de Manolón. Ahora, tú escoges: o la matas y cumples con lo pactado, o le enviamos el vídeo a la policía y tú y tu viejo os pasáis el resto de vuestras puñeteras vidas en el trullo’.
Me quedé pensativo.
Esa noche la rubia platino dormía apaciblemente. Se mantenía echada hacia un lado, con una mano debajo de la mejilla. Desde que yo la conocía dormía en camiseta y en bragas. Esperé hasta que su respiración se fue haciendo más pesada. Entonces me salí de la cama y cogí mi revólver de encima de la mesa…
El revólver estaba cargado. Lo sabía. Aun así, abrí el tambor y volví a cerrarlo con nerviosismo. Extendí el brazo, la apunté a la cabeza y me mantuve unos momentos quieto en la semioscuridad. La luz de las farolas de la calle se filtraba por entre las láminas de las persianas. Era sábado, pero mi viejo tenía razón: el aislamiento hacía que apenas se escuchara a los chicos que andaban fuera bebiendo.
- Hazlo, Valdés –me dije a mí mismo.
Cogí la almohada con determinación. No tenía más que presionarla contra su cara y apretar el gatillo…
12. Silvia se despierta, la mato y me detienen (o como os parece que debe terminar el relato: el título es orientativo)
La miré intensamente. Estaba a punto de hacerlo cuando entreabrió los ojos y me miró. Yo estaba muy quieto, nervioso, aunque con el rostro inexpresivo, apuntandola con el revólver que tenía en una mano y con la almohada en la otra. Ella me miró horrorizada.
-No, no, por favor…- suplicó con voz temblorosa.
-Si no lo hago me meten al trullo, quizá de por vida- respondí fríamente.
Sin esperármelo la rubia se tiró encima de mí gritando y se me cayó la almohada al suelo.
-¡Cabrón!
Forcejeando con ella disparé y la bala dio en el marco de metal de la ventana con gran estruendo, rebotando y dando de lleno a Silvia por la espalda. Cayó al suelo con un ruido sordo. Miré a mi alrededor muy nervioso. Estaba seguro de que alguien habría oído los disparos. Sin pensar en lo que hacía y todavía con el revólver en la mano bajé corriendo el piso por las escaleras y salí a la calle. Iba a darme a la fuga cuando dos hombretones con traje negro me cogieron y me obligaron a tumbarme en el asfalto.
-Has hecho muy bien el trabajo- me dijo uno de ellos en voz baja, con sorna-.El jefe se va a poner contento. Ahora vas a contar lo que has hecho a la poli.
Un grupo de curiosos nos rodeaba y señalaban mi revólver. La policía llegó un rato después y lo último que recuerdo de aquella noche eran las luces del coche y la sirena que sonaba y no me permitía comprender cómo podía haberse chafado mi plan tan fácilmente.
Henry, Complutense Madrid
Relatos participantes (del 23 al 27 de noviembre)
Despedida
Ni siquiera, señores del jurado,
padezco, como alega mi abogado,
locura transitoria.
Disparé al corazón que yo quería,
con premeditación, alevosía
y más pena que gloria.
Así termina Joaquín Sabina su El caso de la rubia platino, la canción en la que nos hemos inspirado para construir esta historia. A mí me parece el final más natural. Yo lo habría terminado así. Pero este es un juego abierto y May, por ejemplo, le ha dado un final feliz totalmente sorprendente, y ¿por qué no? Si algún productor financiara nuestra película seguramente lo aplaudiría. E igual de interesante resulta el de Henry, el premiado, donde al final es el azar el que dicta sentencia.
En definitiva, aquí queda el relato en cadena de este año. Espero que lo hayáis disfrutado tanto como yo, y os emplazo a repetir la experiencia el año que viene. Enhorabuena a los ganadores, saludos a todos, y hasta siempre. Y no olvidéis que:
Para jugar al Black Jack y ser un duro,
andar escaso de efectivo
es igual que pretender envidar,
con un farol, al futuro.
Lo dicho. ¡Hasta la próxima!
José Ángel Mañas











